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Luz Divina Trujillo's avatar

Ya leí este libro, me sorprendió este modo de explicar el sufrimiento humano, y pienso que otras disciplinas como la psicología, la filosofía, la pedagogía necesitan vagabundear por estas ideas y mejorar sus formas ver comprender la complejidad humana. Me agradó la mirada que aporta sobre nuestra condición natural en proceso de humanización, y el valor que tiene conocer de estos asuntos en nuestro nuestro beneficio, que la evolución tiene sus fines, y que a nosotros nos toca aquilatar nuestras herencias evolutivas para aprender a vivir con menos malestar, asumir nuestra evolución sin victimismo, sino como monos pensantes-sintientes capaces de vivir con dignidad, la posible. Le dejo la liga donde escribí lo que pude captar de tan interesante e importante libro. Saludos https://educacionhoy364361407.wordpress.com/emiliano-bruner-la-maldicion-del-hombre-mono-las-raices-evolutivas-del-sufrimiento-humano-editorial-planeta-s-a-barcelona-espana-2025-edicion-electronica/

Calda's avatar

"De aquí el mensaje: cuando se interpreta algo como el fruto de la selección natural, o como “natural” en general, recordad que esto solo se está refiriendo a un cierto tipo de cualidades. El bienestar individual es otra cosa."

Eso es: distintas funciones naturales de los organismos que entran en contradicción. Para mí, las doctrinas del buen vivir individual consisten en lo qué llamo "emancipación del hedonismo". Aprovecho la entrevista para explicarme y añadir cosas, entroncándolo con la mención de prácticas orientadas a la atención, propias de las doctrinas eudaimónicas budistas, por ejemplo.

1.- Evolutivamente, estamos hechos para sobre-identificar peligros, ya sea perceptivamente o lingüísticamente (de modo conceptual e imaginario), pues esto favorece la supervivencia, al menos como programación por defecto, por así decir. La función de sobrevivir se impone a la función del bien vivir. Sabemos que esa función de la supervivencia se "apaga" en detrimento de otras funciones, tales como la reproductiva (sacrificio padres por hijos, p.ej.). Esto sucede con la función hedónica. Llegado a cierto punto, la función que servía a un fin (sobrevivir) se rige por sí misma (satisfacción), y tiene sus propios intereses contrarios a la supervivencia, cosa que nos permite explicar el suicidio o las resacas tras una noche de juerga, a la vez que la sonrisa de alguien dichoso, ataráxico y con control ante un diagnóstico de muerte. La emancipación del hedonismo choca con la querencia por la longevidad en ocasiones, siendo evidente el choque con la función reproductiva. Como dices: el yo es múltiple y contradictorio.

La pregunta, pues, es: ¿dónde reside el bien? Si admitimos la sintiencia como criterio básico, parece quedar claro que el bien individual no puede residir en la longevidad, sino en la calidad de vida experimentada de esa longevidad (los efectos de nuestras acciones a un tercero que muchos meten dentro de una buena vida individual son un bien social, gregario o altruista, por defecto). Por ende, como ya vio bien ese amante de los jardines, la muerte no es un mal. La doctrina de la buena vida budista, por ejemplo, conlleva cierto "presentismo ético de corte fenomenológico, subjetivo", que tiene problemas, como toda doctrina ética, relativos a la conjugación del bien presente y el bien potencial.

2.- Esa "emancipación hedónica presentista" nos lleva a entender que la buena vida individual es contemplativa (en oposición a operatoria, aunque es falsa oposición, ya que requerimos operar). Esto es: estriba en experimentar (y que ese experimentar sea apetitivo, satisfactorio; no una tortura sin fin, p.ej.). Esas experiencias, esas esencias/sensaciones de Santayana (recomiendo su lectura sobre el buen vivir), no son cosas de las que adueñarse, simplemente suceden una tras otra, siendo inmutables y eternas en sí mismas (esto es habla metafórica, ya que son propiedades orgánicas, pero de ahí el "centrarse en el presente"), pero cambiante su contemplación, lo único que nos es dado. Esa contemplación no cuesta esfuerzo (pasividad), pues nos viene de serie; precisamente hay que desaprender (un tipo de aprendizaje, cuidado con la trampa "esencialista"), que es lo que proponen muchas meditaciones. Es decir: contemplar sin más, sin añadir juicios ni irse a pasados y futuros.

¿Un ejemplo? Tú madre muerta y tú tranquilo, viendo la pared, contemplándola sin añadir "dukkha". La realidad en sí misma, más allá de procesos causales que nos causan sufrimiento (que me quemen, p.ej.), no contiene sufrimiento, y este es añadido por juicios valorativos y pensamientos, que tienen funciones de supervivencia y sociales ("conatus"). Aún así, como enseña el control de la atención, mucho sufrimiento causado en acto (un dolor lumbar) es fácilmente controlable si sabemos cómo. Es más: podemos recrearnos en lo simbólico como herramienta, usando la imaginación y añadiendo juicios y pensamientos nuestros (siempre sabiendo que son instrumentos y añadidos nuestros) para gozar ¿Un error simbólico? "Sufro porqué mi madre ha muerto". Falso, pues he experimentado placer gozando las lentejas y mi madre seguía muerta, y no digo que he gozado porqué mi madre estaba muerta. Es decir: atribuimos mal la causalidad, cuando el sufrimiento tiene sus causas "en acto" (las del pasado no operan ya, operaron en las actuales, dándoles su ser), no en atribuciones "narrativas". ¿Alternativa? Mira la pared, sin más, y dejarás de sufrir. Las causas del sufrimiento están en las valencias de nuestras sensaciones, regidas por procesos cerebro-mentales (lo simbólico es parte de estos procesos) y accesibles así de modo más fácil, no modificando el mundo externo y el entorno. ¿Solución definitiva? Hábito, es decir, espontaneidad y automatismo de esa contemplación desinteresada (falso: hedónicamente interesada, ya que sino no hablaríamos de buena vida, para lo cuál se requiere un "desinterés contemplativo").

¿Un corolario? Epicuro: morir no es un mal, ya que el morir no se experimenta. La contemplación como buena vida radica en el presente, en la sensación actual sin más. El culto a la longevidad es un error en lo referente a la dicha, afectado, como es obvio, por la mediación simbólica-lingüística y otras funciones biológicas-sociales. ¿De donde vienen todas las odas al hombre senzillo analfabeto como dichoso? De esto: de contemplar sin más, sin añadir. ¿El error? Creer que esto no puede gozarlo un joven occidental urbano y alfabetizado jugando al GTA en su casa día tras día o viendo el futbol en el bar. Es decir: ese mal provincianismo moral que tanto criticaba el místico contemplativo, racional y materialista George Santayana, que se mezcla con un pseudo-espiritualismo que es esnobismo no espiritual. Un hombre espiritual probablemente no hable de estos temas más allá de exposiciones objetivas con afán de transmitir; es más, probablemente pase desapercibido como tal. Incluso, puede vivir de este modo sin ser consciente ni haberlo aprendido de forma intencional.

Dicho esto, hay que distingir entre placer y deseo. El deseo causa insatisfacción y sufrimiento, pero eso no impide renunciar al placer. El placer puede hallarse y perseguirse, pero sin el lastre del deseo, aunque siempre reste un mínimo de sufrimiento ligado a un deseo no compulsivo (es imposible no desear en absoluto, pues huir del dukkha ya es deseo). Se puede llegar a no temer a la muerte, al menos en cuanto a pensamiento y anticipación (otra cosa es si tenemos un oso delante que nos quiere matar). ¿Cuál es la paradoja? Para llegar a aplicar todo esto se requiere deseo, sufrimiento, transmisión simbólica y auto-conciencia, se requieren las funciones de supervivencia y aprobación social. La buena vida es un efecto, una consecuencia, no un estado natural, esencial o previo. Es algo que debe aprenderse y, en última instancia, transitorio y co-dependiente, en lucha contacte con otras funciones de nuestro ser. No estar insatisfecho es posible, pero requiere la renuncia a otras funciones biológicas y a ciertas fuentes de satisfacción posibles.

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