La tecnologia nos ha retribalizado
Estamos de vuelta en la aldea
Este artículo es muy interesante. Plantea que nuestra vida social y moral actual vuelve a ser muy parecida a la que teníamos en tiempos ancestrales en pequeñas tribus en las que todos nos conocíamos. La tecnología (especialmente Internet y las redes) ha re-tribalizado a las sociedades modernas, devolviéndonos a dinámicas sociales muy similares a las de las pequeñas tribus ancestrales:
Durante la mayor parte de la historia humana, las personas vivieron en pequeños grupos como las aldeas yanomami del Amazonas. En esos entornos, todos se conocían, la reputación era cuestión de supervivencia y las normas se mantenían mediante chismes, vergüenza pública y la amenaza de exclusión. Cualquier infracción (no compartir comida, insultar a alguien o tener una aventura) se resolvía públicamente en el centro del poblado. La conformidad era obligatoria porque estar “fuera” del grupo significaba quedarse sin aliados, sin pareja y sin protección.
Con el crecimiento de las ciudades y las naciones modernas, esta dinámica tribal se debilitó. El anonimato, la movilidad geográfica y el tamaño de las sociedades permitieron que la gente pudiera disentir, cambiar de círculo social o vivir como “herejes” sin ser castigada de inmediato. Este período (especialmente los siglos XIX y XX) fue, según Lynch, una especie de “edad de oro para los disidentes”. Las instituciones y la distancia social actuaban como amortiguadores que protegían la libertad individual frente a la presión del grupo.
Pero Internet y las redes sociales han revertido este proceso y nos han devuelto a una versión amplificada de la vida tribal. Ahora volvemos a vivir en una “aldea global” donde todos observamos a todos constantemente. Lo que se dice queda grabado para siempre, los conflictos se convierten en espectáculos públicos, y la reputación es global y permanente. Una persona en Nueva York puede castigar moralmente a un desconocido en Missouri por algo que dijo hace diez años. La presión por conformidad ha regresado con fuerza: la cancelación, el miedo al rechazo y la necesidad de señalar virtud son las nuevas formas de chisme y ostracismo tribal.
Es curioso que la vida digital reproduce los mecanismos más antiguos de control social: vigilancia constante, reputación como bien escaso, vergüenza pública como castigo y lealtad al grupo por encima de la verdad o la razón. La diferencia es que ahora la “aldea” es planetaria y la vigilancia es permanente. Lo que antes ocurría solo dentro de una aldea ahora sucede delante de millones de personas. La tecnología no nos ha hecho más libres ni más racionales; nos ha devuelto a la lógica tribal, pero con un alcance y una intensidad que nunca antes existieron.
La explicación de todo es proceso es que la naturaleza humana no ha cambiado. A lo largo de cientos de miles de años, los seres humanos evolucionamos para vivir en pequeños grupos tribales donde la supervivencia dependía de mantener una buena reputación, evitar el rechazo del grupo, cumplir con las normas sociales y señalar lealtad al grupo. Cuando surgieron las grandes sociedades modernas (ciudades enormes, naciones, anonimato, movilidad), esa presión tribal se relajó temporalmente. La gente podía disentir, ser “rara” o cambiar de círculo sin consecuencias graves. Ese fue un período relativamente excepcional en la historia humana.
Pero con internet y las redes sociales, la tecnología ha restaurado las condiciones ancestrales, solo que a escala global. Volvemos a vivir en una “aldea” donde todos nos observan, La reputación vuelve a ser pública y permanente, el chisme y la vergüenza pública regresan con fuerza (ahora se llama cancel culture, etc.), y la necesidad de señalar virtud y demostrar lealtad al grupo vuelve a dominar.
Podríamos decir que la tecnología ha recreado las condiciones para las que nuestro cerebro estaba diseñado: vivir en una aldea donde todos nos vigilan y donde ser rechazado por el grupo es una amenaza existencial. Por eso, aunque vivamos en megaciudades del siglo XXI, nuestro comportamiento social vuelve a parecerse cada vez más al de una tribu yanomami: chismes, alianzas, señalamiento moral, ostracismo y fuerte presión por la conformidad.


Comparto parcialmente esa tendencia. Pero hay factores que contrarían ese relato: por ejemplo, la posibilidad del anonimato detrás del cual tantos se mueven en Internet y que permite pronunciarse sin que nadie reclame a nadie en la plaza pública real. O, por ejemplo, la del anonimato de la masa que, si no peca de estridencia por sumarse a la corriente más extrema premiada por el algoritmo, suele desdibujarse en una medianía que suele no importar a la gente. Y así hay mucha gente espectadora mediante la tecnología que vive ahí en medio, sin tribalizarse, aunque tienda a pronunciarse poco en público.
Saludos, Pablo. Un gusto leerte de nuevo, estuviste paradito ;)
Coincido y no coincido por una sencilla razón: esa tribalización pública virtual suele serlo o bien de opiniones o bien limitada a cierto tipo de conductas que están dentro de paquetes ideológicos o modas intelectuales (ecologismo, feminismo). Es curioso que no hay una tribalización de las conductas "verdaderamente morales", de las cotidianas en las que se causa daño y bien a los demás. Así, no veo reproches ni alabanzas por ser adultero, divorciarse o casarse, cuidar a los padres, ser amable con los vecinos, aparcar en doble fila, robar, censurar a alguien que va con la música a todo volumen y este tipo de cosas.
El tipo de chismorreo, castigo y refuerzo que se da en lo virtual puede ser muy destructor (te pueden echar del curro, sí), pero creo que está limitado a cierto tipo de conductas muy delimitadas por modas o tópicos. Donde ese chismorreo podría ser más eficaz, en las acciones cotidianas, veo lo contrario: cada vez se tolera menos que un tercero nos juzgue, castigue, alabe o aconseje. Así, un adulto que reprocha a un niño por la calle es algo que está mal visto hoy, incluso por los padres o por la persona que acompaña al adulto ("no te metas, José, no es tu hijo"). Yo creo que se ha perdido esa tribalización en espacios públicos e, incluso, en espacios privados. Así, darle la turra a alguien por dejar a su pareja sin razón justificada, no tener en consideración la afectación de su conducta a terceros y cosas por el estilo es algo cada vez menos presente en las relaciones íntimas, de amistad, familiares o con compañeros laborales.
No sé cómo ves este otro aspecto que te señalo: ¿quizás el auge de lo "moral" en lo virtual se deba a ese debe en lo cotidiano?