Las post-personas morales
Cuando los malvados dejan de ser personas
Los que seguís el blog ya me habéis visto hablar de este tema. Traigo este artículo aquí porque me parece que expone una verdad clave en la moral humana: consideramos que las personas inmorales o malvadas quedan deshumanizadas y no son realmente personas, son menos que humanos, post-personas, como dice aquí el autor. En este ensayo filosófico, Thomas J. Spiegel propone una idea polémica, pero creo que acertada: las personas que han cometido males extremos y que rechazan de forma persistente cualquier remordimiento o posibilidad de reforma moral pueden considerarse, en un sentido normativo, post-personas. La maldad deshumaniza.
Tradicionalmente, el concepto de “post-persona” se aplica a pacientes en coma o con grave deterioro cognitivo que han perdido capacidades mentales centrales como la conciencia, el razonamiento o la memoria. Spiegel extiende este concepto al terreno moral. Utilizando una concepción kantiano-arendtiana de la persona, argumenta que el estatus pleno de persona no depende solo de capacidades cognitivas, sino también -y de forma esencial- de la agencia moral. Concretamente, incluye:
La capacidad de razonamiento moral práctico
La capacidad de experimentar remordimiento genuino
La capacidad de auto-reforma moral: pensar desde el punto de vista del otro e imponerse límites a uno mismo
Cuando una persona comete males extremos —como las purgas de Stalin, el Holodomor, los gulags, la “banalidad del mal” de Adolf Eichmann o los crímenes horrendos de Luis Garavito, quien confesó haber violado, torturado y asesinado a decenas de niños vulnerables, y se muestra irreformable (es decir, no muestra remordimiento auténtico, no reconoce el mal de sus actos y rechaza cualquier cambio), esa persona pierde la capacidad de participar en el diálogo moral recíproco del tipo “yo-tú”. Deja de ser una persona en el pleno sentido normativo, aunque siga siendo biológicamente humana.
Spiegel distingue entre el mal en sentido amplio (cualquier mal, incluso desastres naturales) y el mal radical o extremo: aquellas acciones tan atroces que nos dejan sin palabras, que tratan a los seres humanos como superfluos o que revelan una profunda incapacidad para pensar moralmente desde la perspectiva ajena. No se trata solo de actos aislados, sino de una disposición arraigada y un fracaso moral deliberado y persistente.
Es importante señalar que Spiegel no propone retirarles los derechos humanos básicos ni justificar maltrato o tortura. Insiste en que estos individuos conservan una dignidad humana residual y deben ser tratados con humanidad básica: contención proporcional, sin crueldad innecesaria y con respeto a su integridad física. La pérdida del estatus de persona es estrictamente moral y normativa, no biológica ni legal. Es una consecuencia “ganada” por su propio fracaso moral, no por una enfermedad o accidente.
El autor reconoce la existencia de casos fronterizos y subraya que siempre debemos dejar abierta -aunque sea de forma teórica- la posibilidad de redención. Incluso menciona ejemplos reales de personas que, tras participar en atrocidades, dedicaron su vida a la expiación y la reconciliación, mostrando que, en algunos casos, es posible recuperar el estatus moral pleno.
Una de las partes más interesantes del ensayo es cómo Spiegel conecta esta idea con intuiciones culturales muy antiguas. En mitos, religiones y folclore de casi todas las culturas encontramos la figura del gran malvado que deja de ser tratado como plenamente humano: demonios, monstruos, espíritus vengativos, muertos vivientes o seres malignos. Estas narrativas expresan una intuición moral profunda y recurrente: ciertos actos y actitudes extremas rompen el lazo que nos permite reconocer al otro como “uno de los nuestros” en el plano normativo.
En resumen, si aceptamos que el estatus de persona incluye no solo racionalidad instrumental, sino también agencia moral sostenida, entonces algunos malvados irreformables ya no califican como personas en sentido pleno. Esto cambia la forma en que los abordamos moralmente: dejamos de tratarlos como sujetos de diálogo moral reformador y pasamos a verlos principalmente como entidades que deben ser contenidas para proteger a los demás.
Las consecuencias son profundas: el foco ético se desplaza de la reconciliación imposible hacia la protección de la comunidad. Las obligaciones morales se vuelven asimétricas (les debemos humanidad básica, pero no una reciprocidad plena en el plano moral) y reconocemos que existen límites a lo que podemos esperar de la agencia humana cuando esta se ha corrompido de manera deliberada e irreversible.
Mi opinión personal coincide plenamente con la de Spiegel. Creo que sólo hace falta mirar al mundo a nuestro alrededor para ver que nuestra mente moral humana funciona efectivamente así. Estamos viendo a líderes de diferentes comunidades considerar “animales” y menos que personas a sus enemigos. Me parece evidente que las personas que nos han hecho un gran daño (enemigos y malvados asesinos) quedan excluidas de nuestro círculo moral o de la comunidad moral humana.


Hay algo que no me ha quedado claro: si tenemos en cuenta que hay una gran proporcion de personas que tratan y ha tratado a sus enemigos de la peor manera posible (se cita el ejemplo de los nazis, etc), según eso, el volumen de post personas sería muy amplio. Supongo que para ser más exactos habria que ceñirse principalmente a las personas que se comportan así con respecto al "nosotros"y, en todo caso, incluir a algunos que tratan al "ellos" de un modo especialísimamente malvado. Si no se hace esa consideracion una gran parte de la humanidad pasaría a estar constituida por post personas y creo que no era la idea del artículo.